Los que no molan, David Trueba

Si hoy es martes, los medios andarán haciéndole publicidad gratuita a alguna de las grandes empresas que capitanean la revolución tecnológica. Siempre me ha sorprendido la genuflexión con que la prensa recibe cada nuevo iPhone. Es un síntoma del poderío de Apple, que no ocupa solo un lugar preminente en lo comercial o lo estético, sino que se ha apoderado del alma de la sociedad. Un alma impuesta, pero que acaba por adueñarse de ti si no enriqueces tu capacidad para reconocerte oveja y tratar de escaparte del perro pastor cada vez que tiene un descuido. Contra ese festejo de un lanzamiento comercial como si fuera la venida de Papa Noel al desierto ya no se puede hacer nada. Forma parte de nuestra adocenada manera de recibir información. Pero lo grave es que el sarampión se ha extendido a otras marcas elegidas por su aroma a modernidad, aroma que incluso les protege del otro olor, también persistente, a defraudadoras fiscales. En un tiempo en el que el daño al prestigio es una amenaza que pende sobre la cabeza de cualquiera, casi como una nueva forma de censura, hay marcas que se salvan. Miren lo mal que ha sentado, y con razón, el salto de Durao Barroso a Goldman Sachs, pero ni un pellizco porque Neelie Kroes afile los colmillos de Uber.

La última cebollinada nacional ha sido conceder espacio mediático gratuito al festejo de Amazon en el que se extendió una alfombra roja para reconocer a los tres mayores compradores españoles en ese supermercado a distancia. También hubo reportaje a todo color sobre el pueblo de España que más consumía en Amazon. Olé. Jamás he visto un reportaje sobre el tipo que más ha comprado en El Corte Inglés o en Zara o sobre los tres mayores clientes de la Casa del Libro o la Floristería MariCarmen. Amazon tiene bula porque nos va a hacer modernos aunque no queramos. Mientras la alcadesa Colau ha ideado un sistema inteligente para premiar con un Ibi reducido a quien alquila locales para fines culturales, el esfuerzo elogiador dedicado a Amazon evita reparar en el daño que la desaparición del pequeño comercio puede causar en la ciudad española.

También de Netflix leí que había revolucionado el cine español porque había comprado una película de bajo presupuesto. Entonces no sé el reportaje que merece un productor español que va al banco a pedir un crédito de dos millones de euros para hacer una película. Le tendrían que dar la portada del Dominical en justo intercambio. El papanatismo tiene estas cosas. Unos molan y otros no. Y tú, querido comerciante, no molas.descarga

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