Devociones, Luis garcía Montero EL PAÍS

Bienaventurado el campus universitario, de pronto invadido por jóvenes estudiantes que toman el sol sobre la hierba. Las mochilas y los libros descansan en el suelo con una alegría terrenal, y junto a los diccionarios de latín o las ediciones filológicas del Libro de Buen Amorpasa una hilera de hormigas en busca de un adjetivo que llevarse a la boca. Bienaventuradas las primeras palabras de amor, esas que empiezan con una risa o un murmullo, y buscan un oído, y se entretienen jugando con un pendiente en los labios. Bienaventurados los árboles que se han olvidado del frío y levantan contra el cielo un arañazo verde de vida, un deseo de abrir las ramas en el horizonte como un tenor extiende sus brazos cuando da el do de pecho. Bienaventurado el reloj que da las doce de la mañana, y deja que el sol caiga sobre la ciudad como una bendición del mes de marzo, contagiando una vibrante inquietud humana en los escaparates de las tiendas, en las escaleras mecánicas, en las puertas giratorias de los bancos, en el oficinista que entona los buenos días con una pronunciación menos rutinaria. Bienaventurados los coches que pasan por las calles como peces de colores, y se agrupan en los atascos como una bandada de pájaros y luego se disuelven en el viento como una estampida, dejando que por las ventanillas abiertas se escapen la música y las conversaciones. Bienaventurados los campos de las carreteras, los puentes de las carreteras, las montañas y los valles que parecen estar levantándose, frotándose los ojos, abriendo sus pupilas y sus vegetaciones.

El invierno ha sido duro. Bienaventurado el frío que se va, y las nieves que se queman al sol, y las estufas que se duermen en las sombras de la casa hasta el año que viene. Bienaventurados los libros que se escapan de las bibliotecas, y las gentes que salen del trabajo, y la luz que envuelve en papel de regalo los pasos de peatones y las terrazas de los bares. Bienaventuradas las plazas de Andalucía que se llenan de parejas de turistas, y de cuerpos ligeros de ropa, y de brazos desnudos, y de cabelleras impertinentes, y de piernas largas y rotundas. Bienaventuradas las puertas de los colegios, porque las madres se han quitado los abrigos, y son otra cosa, todos somos otra cosa, dispuestos a demostrar que la madurez también conoce sus secretos y esgrime sus armas convincentes. Bienaventurado el primer trago de cerveza, el dulce escalofrío amargo que nos convierte la boca en espuma y el corazón en el junco flexible que se baña en la curva de un río. Bienaventuradas las curvas, bienaventurados los rincones del jardín, las muchachas con perro, los besos callejeros, los mirones, las estatuas que dejan su pedestal para beber en la fuente, los atardeceres, el sol que no se va del todo porque se queda debajo de la piel, el alumbrado público, las ventanas encendidas en el décimo piso, los espejos dispuestos a no perder detalle, el insomnio de los adolescentes, las vueltas en la cama. Bienaventurada la ropa interior y la luna en el cielo. Y que la vida perdone, porque no saben lo que hacen, a todos los andaluces que se van a pasar la semana detrás de un tambor y de un crucificado, feligreses de la humillación, cantores de la muerte, súbditos del dolor, de los obispos y de las coronas de espinas.

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