Señas de identidad, Juan Goytisolo

Idea primera y casi obligada de los españoles recién desembarcados en el café de madame Berger, con la cabeza llena de ilusiones y proyectos y el polvo de la Península pegado aún a la suela de sus zapatos, era la creación de una Agrupación Nacional de Intelectuales en el Exilio, objetivo ambicioso y lejano cuya primera etapa debía consistir en la publicación y difusión de una revista de confrontación y diálogo, abierta a las corrientes políticas, intelectuales y artísticas del mundo moderno. Desde su llegada a París, Álvaro había asistido a una docena y pico de sesiones previas, discutido durante veladas interminables el título, formato, consejo de redacción, presupuesto y colaboraciones, roto viejas amistades, intervenido en brutales exclusiones, redactado borradores y presentaciones que se habían acumulado poco a poco en los cajones de su escritorio traspapelados entre los rimeros de cartas familiares, recortes de periódicos e inútiles guiones de jamás realizadas películas. Pintores cuyo único timbre de gloria estribaba en ser primos de Tapies, profesores vetustos a sueldo de pluma académica y nula, músicos que proclamaban su heroica decisión de no escribir una sola nota hasta la caída del Régimen, toda una extraña fauna de crustáceos amparados en sus dogmas como guerreros medievales en articulada y brillante armadura, se reunían en el café de madame Berger para discutir, criticar, desmenuzar, debatir, pronunciar anatemas feroces y redactar cartas de injuria, aquejados de una megalomanía incurable y una violenta indigestión de lecturas que se traducían, de ordinario, en el empleo de fórmulas marxistas desvalorizadas por sus múltiples y contradictorios usos o de frases invariablemente comenzadas por la primera persona del singular. Todo candidato a director futuro del futuro parlamento de la futura España desplegaba en estas ocasiones una dilatada elocuencia, remachando las palabras como si fueran clavos _«acciones», «luchas», «masas», «desarrollo», «oligarquía», «monopolios», «recrudecimiento», «avance»_ y, arrastrado por su propia oratoria _aprendida de otros como el Padrenuestro y repetida con saña por él_, enunciaba dog- mas sonoros y rotundos, frases solemnes y teatrales que milagrosa mente crecían como flores japonesas, se enroscaban de pronto lo mismo que boas, trepaban luego igual que bejucos y, a punto de morir ya por consunción, se escurrían aún como flexibles y ágiles enredaderas, como si nunca, pensaba Álvaro, pero que nunca, pudieran tener un final. _La cosa está que arde, muchachos _anunciaba regularmente el último Mesías llegado de Madrid_. El ambiente de la calle es magnífico. El sumario del primer número de la muerta y resucitada revista solía incluir un agorero análisis de la catastrófica situación española, algún ensayo amazacotado (con referencias a Engels) en defensa del realismo, una mesa redonda (y plúmbea) acerca del compromiso de los escritores, una antología de poemas broncos, de firmas más o menos conocidas que (por pura negligencia) Álvaro había conservado en su carpeta.

Mira la puerta rota

 de la casa,

mira la negra hondura

de la Patria.

De hermano a hermano te hablo

de mis desgracias,

de la mísera madre,

terrible España.

Ay, Miguel si tú vieras

la luz pisada,

y la encina partida,

hecha una lástima.

Ando desnudo. Llega

la madrugada.

Miguel, tu ausencia duele,

pesa en el alma.

Mis pisadas resuenan

en la ancha plaza.

Se oye un tren. Alguien grita

desde la charca.

Cuando vuelva Santiago

cerrando España,

tu muerte y mis anhelos

hallarán Patria.

Aquellos proyectos _examinados con la perspectiva de los años _solían tener una vida intensa pero efímera. Quien había dado a conocer la idea de la revista y su equipo de futuros colaboradores trabajaban de modo febril por espacio de noches enteras, empleando sus horas libres en inútiles visitas a imprentas y estériles peticiones de ayuda hasta el instante inevitable en que, misteriosamente, las cosas se empantanaban, los encuentros se espaciaban sin que nadie supiera a ciencia cierta por qué y el aburrimiento, la indolencia y la fatiga entraban en juego motivando que, uno tras otro, olvidasen compromisos y citas, interrumpiesen la correspondencia, aplazasen indefinidamente las decisivas e importantes reuniones. Sucedía entonces un período intermedio en que de manera implícita los ex futuros redactores evitaban encontrarse en la medida de lo posible, algo avergonzados de su propia desidia y temiendo que los reproches de los otros les obligaran a justificarse, pasado el cual, y habiendo corrido ya mucha agua bajo los puentes, volvían a saludarse de nuevo con desenvoltura, sin hablar para nada de la revista ni manifestar ninguna sorpresa ante el hecho de que los demás no evocasen el tema tampoco _como si el proyecto no hubiese existido en realidad_ felices de avistarse y discutir sobre lo divino y humano, secretamente cómplices de una frustrada e inconfesable aventura. De este modo _y en un lapso de tiempo relativamente breve _Álvaro había formado parte, en calidad de crítico cinematográfico, del consejo de redacción de las revistas tituladas Cuadernos de Cultura, Hojas libres, Futuro de España, Cuadernos españoles, La piel de toro, y otras de nombre ya olvidado, y cuya característica esencial consistía en no haber sido publicadas nunca _pese al derroche inicial de energía y talentos_ por obra de esos imponderables llamados pereza, desánimo, escepticismo y abulia que secretaba el húmedo y malsano invierno parisiense, cantil contra el que quebraban y morían las sucesivas oleadas de juvenil entusiasmo ibero. Lentamente, conforme se rompían las raíces que lo ligaban a la infancia y a la tierra, Álvaro había sentido formarse sobre su piel un duro caparazón de escamas: la conciencia de la inutilidad del exilio y, de modo simultáneo, la imposibilidad del retorno. Las cuatro paredes del café de madame Berger lo habían acogido como a tantos otros proscritos, para digerirlo y hacer de él un elemento más del primer estrato geológico que hablaba con nostalgia de España, pronunciaba pésimamente el francés y discutía por enésima vez con sus amigos de la histórica necesidad de una revista. Al cabo de los años, impermeabilizado ya como los miembros de la segunda o tercera capa, había aprendido a juzgar con irónico despego las tentativas de los emigrados más jóvenes y un día _cuyo recuerdo, en la terraza, se mantenía dolorosamente fresco en la memoria_ en que un grupo de recién llegados elaboraba concienzudamente un nuevo proyecto fue a buscar a su estudio la carpeta que contenía los sumarios anteriores y se la entregó con una sonrisa. Aquella noche, mientras aguardaba a Dolores en el vestíbulo de l’Ecole des Beaux Arts, Álvaro intuyó, con claridad meridiana, que había perdido para siempre su juventud. ***    **** ¿Qué obstáculo se había interpuesto entre tu madre y tú? Aunque formulada la pregunta te pillaba desprevenido y no sabías qué responder. Como dos líneas paralelas su existencia y la tuya no habían llegado a cruzarse y, en ocasiones, sentías pesar retrospectivo por la aventura no vivida, por el encuentro nunca realizado. Su pudor y tu reserva os habían mantenido distantes y, al filo de tus quince años, no pudiste (o no supiste) inventar la amistad. Ahora (alejado tú de ella en el tiempo y en el recuerdo) era demasiado tarde. Salvo en momentos excepcionales (y cada vez más raros) su imagen ( ojos azules y claros, frente amplia, nariz recta inmovilizados en alguna fotografía) había desertado de tu memoria para siempre.”

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Un comentario en “Señas de identidad, Juan Goytisolo

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