Guerreras de la libertad y “misses” ñoñas. Rosa Montero, EL PAIS 2,10,2011

Pocas cosas me parecen tan irritantes como los concursos de misses. Tan bobamente machistas, tan antiguos, tan cursis, tan cutres por debajo del recargado oropel y la purpurina. Son la apoteosis de la falsedad, empezando por los diamantes de culo de vaso que adornan las coronas y terminando por los supuestos valores que encarnan las muchachas: ya saben, esa tontuna de hacerles repetir en el escenario “lo que yo más deseo es la paz en el mundo”, mientras sacan caderita y pestañean muy lánguidas. Por no mencionar que estas supuestas bellezas naturales están cada día más recauchutadas, con las narices remodeladas, los pechos inflados con prótesis de silicona, los glúteos apuntalados quirúrgicamente y las carnecillas pespunteadas por todas partes. Pero la realidad, claro, es relativa, y basta con cambiar de perspectiva para verlo todo muy diferente. Hace un par de semanas se celebró en Brasil la final de Miss Universo. Ganó una angoleña y en segundo lugar quedó una ucraniana; y, mientras contemplaba la foto de ambas en el momento del premio, con los pelos tiesos de laca y las sonrisas exageradas y teatrales, me acordé de otra chica de Ucrania que también fue miss o quiso serlo. Se llamaba Katya Koren, tenía 19 años, era musulmana y participó en un concurso de belleza en la región de Crimea. Quedó la séptima. Poco después su cadáver apareció chamuscado en un bosque: un grupo de chicos musulmanes la habían lapidado y quemado por entrar en un certamen de este tipo. Detuvieron a tres jóvenes; uno de ellos, de 16 años, se mostró orgulloso de haber aplicado la sharía a una pecadora semejante. Hay una foto de Katya dando vueltas por Internet, una instantánea de mala calidad; era una chica preciosa, de rostro redondo y muy simpático. Todo esto sucedió a finales de mayo, hace apenas cuatro meses. De modo que Katya fue una mártir del progreso, del feminismo y de la libertad por el mero hecho de querer ser miss. Y no es sólo su caso: en la última década, los concursos de belleza se han convertido en una punta de lanza de la lucha por la modernización en las sociedades más fanatizadas del islam. Recordarán que en el año 2002 se iba a celebrar la final de Miss Mundo en Nigeria, pero los disturbios de protesta organizados por los integristas musulmanes fueron tales (hubo un centenar de muertos) que tuvieron que trasladar la gala a Londres. Más aún: la pobre Isioma Daniel, una periodista especializada en moda del periódico nigeriano This Day, que había escrito sobre el certamen de Miss Mundo, fue condenada a muerte por una fatwa y tuvo que abandonar a toda prisa su país (ignoro si aún continua en el exilio). En fin, hoy vemos a esas misses de sonrisas blanqueadas y trajes horribles y nos parece todo un montaje banal y ridículo, pero lo cierto es que hasta conseguir llegar a esa ridiculez ha habido siglos de luchas sociales. Que esas chicas estén hoy en un escenario en bañador ha costado mucho sufrimiento y mucha sangre. Es extraordinario lo despacio que avanza el mundo y lo fácil que es perder en un momento los pequeños avances conseguidos por generaciones de héroes. Todo es relativo, en efecto, y los paladines del progreso pueden ser personas que realicen actividades en apariencia idiotas. Por ejemplo, hay jóvenes turcos que se reúnen para hacer botellón en las calles, y al parecer son los más activos socialmente, los más concienciados, unos militantes de la modernidad que quizá incluso sean abstemios, pero que utilizan el botellónPocas cosas me parecen tan irritantes como los concursos de misses. Tan bobamente machistas, tan antiguos, tan cursis, tan cutres por debajo del recargado oropel y la purpurina. Son la apoteosis de la falsedad, empezando por los diamantes de culo de vaso que adornan las coronas y terminando por los supuestos valores que encarnan las muchachas: ya saben, esa tontuna de hacerles repetir en el escenario “lo que yo más deseo es la paz en el mundo”, mientras sacan caderita y pestañean muy lánguidas. Por no mencionar que estas supuestas bellezas naturales están cada día más recauchutadas, con las narices remodeladas, los pechos inflados con prótesis de silicona, los glúteos apuntalados quirúrgicamente y las carnecillas pespunteadas por todas partes. Pero la realidad, claro, es relativa, y basta con cambiar de perspectiva para verlo todo muy diferente. Hace un par de semanas se celebró en Brasil la final de Miss Universo. Ganó una angoleña y en segundo lugar quedó una ucraniana; y, mientras contemplaba la foto de ambas en el momento del premio, con los pelos tiesos de laca y las sonrisas exageradas y teatrales, me acordé de otra chica de Ucrania que también fue miss o quiso serlo. Se llamaba Katya Koren, tenía 19 años, era musulmana y participó en un concurso de belleza en la región de Crimea. Quedó la séptima. Poco después su cadáver apareció chamuscado en un bosque: un grupo de chicos musulmanes la habían lapidado y quemado por entrar en un certamen de este tipo. Detuvieron a tres jóvenes; uno de ellos, de 16 años, se mostró orgulloso de haber aplicado la sharía a una pecadora semejante. Hay una foto de Katya dando vueltas por Internet, una instantánea de mala calidad; era una chica preciosa, de rostro redondo y muy simpático. Todo esto sucedió a finales de mayo, hace apenas cuatro meses. De modo que Katya fue una mártir del progreso, del feminismo y de la libertad por el mero hecho de querer ser miss. Y no es sólo su caso: en la última década, los concursos de belleza se han convertido en una punta de lanza de la lucha por la modernización en las sociedades más fanatizadas del islam. Recordarán que en el año 2002 se iba a celebrar la final de Miss Mundo en Nigeria, pero los disturbios de protesta organizados por los integristas musulmanes fueron tales (hubo un centenar de muertos) que tuvieron que trasladar la gala a Londres. Más aún: la pobre Isioma Daniel, una periodista especializada en moda del periódico nigeriano This Day, que había escrito sobre el certamen de Miss Mundo, fue condenada a muerte por una fatwa y tuvo que abandonar a toda prisa su país (ignoro si aún continua en el exilio). En fin, hoy vemos a esas misses de sonrisas blanqueadas y trajes horribles y nos parece todo un montaje banal y ridículo, pero lo cierto es que hasta conseguir llegar a esa ridiculez ha habido siglos de luchas sociales. Que esas chicas estén hoy en un escenario en bañador ha costado mucho sufrimiento y mucha sangre. Es extraordinario lo despacio que avanza el mundo y lo fácil que es perder en un momento los pequeños avances conseguidos por generaciones de héroes. Todo es relativo, en efecto, y los paladines del progreso pueden ser personas que realicen actividades en apariencia idiotas. Por ejemplo, hay jóvenes turcos que se reúnen para hacer botellón en las calles, y al parecer son los más activos socialmente, los más concienciados, unos militantes de la modernidad que quizá incluso sean abstemios, pero que utilizan el botellón como arma política. Y hace unas semanas vi en El Mundo un perfil de la actriz y directora afgana Saba Sahar, que desde el año 2002 produce y protagoniza en su país unas probablemente espantosas películas de kung-fu en las que la heroína, ella, se dedica a repartir golpes de karate a todo quisque. Basta con ver la foto de Saba vestida de guerrera en uno de sus filmes, con unos 120 kilos de maquillaje sobre el rostro, para imaginar el tono de la cosa; pero en sus películas, ambientadas todas ellas en Afganistán y muy populares en su país, las mujeres conducen motos, son policías y se remangan el burka para dar patadas a los violadores. Serán cinematográficamente horribles, seguro, pero también son efectivas, liberadoras, didácticas y subversivas. La vida es así de rara y se va escribiendo con renglones torcidos. como arma política. Y hace unas semanas vi en El Mundo un perfil de la actriz y directora afgana Saba Sahar, que desde el año 2002 produce y protagoniza en su país unas probablemente espantosas películas de kung-fu en las que la heroína, ella, se dedica a repartir golpes de karate a todo quisque. Basta con ver la foto de Saba vestida de guerrera en uno de sus filmes, con unos 120 kilos de maquillaje sobre el rostro, para imaginar el tono de la cosa; pero en sus películas, ambientadas todas ellas en Afganistán y muy populares en su país, las mujeres conducen motos, son policías y se remangan el burka para dar patadas a los violadores. Serán cinematográficamente horribles, seguro, pero también son efectivas, liberadoras, didácticas y subversivas. La vida es así de rara y se va escribiendo con renglones torcidos.

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