Textos para comentar

Para los que tenéis que seguir haciendo prácticas os dejo aquí este texto. Es una delicia, disfrutadlo:

Lorito real. Miguel García-Posada, EL PAÍS
Guardias civiles de paisano entraron en Navidad en el Museo Reina SofÍa y recomendaron a los responsables de la instalación del artista griego Jannis Kounellis que retiraran de ella un papagayo. La Guardia Civil atendía los requerimientos de grupos ecologistas españoles que consideraban “indignante” la presencia del animalito en la citada instalación. El loro fue retirado. Hasta aquí la historia. Una lamentable historia, aunque no ha faltado algún admirado colega que ha salido en defensa de esta tan verde Guardia Civil. Es un síntoma más de la plaga de lo políticamente correcto, que es una peligrosísima y privilegiada expresión de ese fascismo blanco que galopa por Europa y América. Los loros han sido de siempre animalitos decorativos, una vez, eso sí, que se les arrancó de la selva donde estaban tan felices, según los ecologistas, para pasárselo pipa en compañía de los humanos. Por eso, porque se acomodaron admirablemente a nuestra indeseable compañía y decían palabrotas o imitaban el rezo de las beatas, los vio García Lorca por los patios de Andalucía gritando en unión de surtidores y planetas. Pero qué poco correcto Lorca, ¿verdad? ¿Un loro gritando? Qué ordinariez. Y qué poco correcto Rafael Alberti cuando evocaba el pasado fin de siglo con un lorito al piano que “quería hacer de tenor”.
El “lorito real” de nuestra infancia tiene que ser protegido de los artistas que, con los debidos permisos y con la debida alimentación, lo exhiben sobre su palito y encima de un inocente campo de cactus, como hacía Kounellis en su instalación (aunque ahora se busquen excusas para lo inexcusable y se diga que el papagayo estaba disgustado). Por este camino se puede. ya pedir la supresión de las carreras de caballos. Particularmente, no me interesan demasiado este tipo de experimentos artísticos, pero estoy dispuesto a creer que algo pueden tener de valiosos cuando suscitan tales reacciones. Ardientes demócratas llamando a la Guardia Civil para entrar en un museo y desmantelar una exposición: la paradoja es fascinante. Pues eso es lo que han hecho los ultras toda la vida. Claro que a lo mejor la cosa va de ultras.
Los políticamente correctos están dispuestos a acabar con cuanto se les ponga por delante. El creyente correcto tiene que rezar a Dios todos los días con un delicioso “padre-madre que estás en los cielos”, si es que es de verdad correcto. En un plano más laico, los correctos se quieren cargar la gramática española comenzando por los plurales, y así nuestro ayatolá nacional habla siempre de los “compañeros y compañeras” (que no deben ser, desde luego, los / las del partido de Almeida y López Garrido), en fiel eco de las consignas que dictó cuando era ministra la socialista Cristina Alberdi, que hizo imprimir un inefable folleto contra el uso sexista de la lengua. Para no ser sexistas se violenta la economía lingüística y la razón misma de los géneros en castellano, pero eso qué más da. No sé si lo saben: Miguel Ángel no representa al hombre del Renacimiento, sino al ser humano. Aquí, sépanlo también, no se puede discriminar a nadie, salvo cuando se hace positivamente, que es una magnífica demostración de igualdad. Los holandeses ya la tienen, la discriminación positiva; es cuestión de esperar. En realidad es cuestión de hacerse la víctima.
Hazte víctima y verás, es decir, hazte minoría marginada -no elitista, eso no-, hazte lorito real de instalación o corzo de bosque animado, que como víctima siempre tendrás razón. Por eso, los escritores, tan verdugos ellos, no deben escribir sobre las mujeres: sobre las mujeres quienes saben son ellas y solamente ellas. ¿Y Galdós? ¿Y Tolstói? ¿Y Shakespeare? Esos eran unos machistas de no te menees, proclama la ardiente partidaria de la literatura femenina. Otro día escucharemos lo que dicen los de la literatura gay o de la subesquimal, que también da mucho de sí, pues ya está bien de tanto eurocentrismo opresor y colonialista.
Entran en el Reina Sofía y se llevan al loro. Y es para reírse, así a la primera, pero no deja de ser una curiosa manera de restablecer la censura. Cuidado, pues, con el uso que se da a los loros, cuidado con el uso de los caballos, cuidado con el uso de los géneros. Cuidado con llamar a las cosas por su nombre. Un asesino, un secuestrador, un ladrón -lo oímos tristemente todos los días- es sólo… un violento… Lo dicho fascismo blanco, pero fascismo al fin.

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