6.2. Década del 50: la novela social

A lo largo de esta segunda década de posguerra, el realismo social tiene una gran difusión y aceptación entre escritores y críticos y cuenta también con un considerable número de lectores. Los novelistas sociales asumen con su escritura un compromiso político que encuentra su expresión en una estética realista, según la cual, para denunciar la injusticia, basta con mostrar la realidad “tal cual es” (buscando en gran medida suplir la falta de información sobre la situación de la España franquista provocada por la fuerte censura a los medios de comunicación). Para cumplir con su propósito de presentar objetivamente la realidad, los autores de esta corriente utilizaron una serie de técnicas destinadas a presentar el relato como si fuera un fiel reflejo del mundo externo: encubrimiento hasta su desaparición casi total de la voz del narrador, utilización de un lenguaje “transparente” y de cronologías lineales. Por otro lado, se privilegió la creación de personajes colectivos, representativos de determinadas clases sociales, por sobre el héroe individual de la novela “burguesa” decimonónica.

Debido principalmente a la rigidez de muchos de sus postulados estéticos e ideológicos, se produjeron dentro del realismo social muchas novelas con carácter de testimonio, en las que se presentaba una visión simplificadora y esquemática de la realidad. Al cabo de una década esto condujo al agotamiento de las posibilidades expresivas de la novela del realismo social, la cual a inicios de los 60 atravesaba por una situación de crisis.

Además de las novelas que hemos visto en clase, son también muy significativas de este período:

1Entre visillos” (Premio Nadal 1957. Fijaos: otra vez el Nadal señalando una novela), de Carmen Martín Gaite: quizás es la obra cumbre de la autora. Narra la vida en una ciudad de provincias, llena de rutina, conservadurismo e hipocresía. A través de la charla aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones cotidianas, sus angustias, la insalvable tristeza que asoma tras el aburrimiento y la falta de imaginación. La vida en la ciudad discurre parsimoniosa, lenta, sin grandes sobresaltos. Es imposible no hacer comparaciones con el vértigo de la vida actual, con la increíble velocidad de lo moderno, de las relaciones fugaces y desechables de nuestro siglo XXI.
La figura desolada de la mujer, al arbitrio de los designios del hombre (padre o esposo) es impresionante; casi se educaba a las mujeres de bien sólo para casarse, sin otro estímulo más que ser buena esposa y madre. En este contexto se desarrollan varias experiencias entre los personajes principales de esta estupenda novela, la que fluye a través de las conversaciones de distintos grupos de personas, jóvenes en su mayoría. Y en esa pobreza del entorno, entre la conformidad y la resignación, surge el personaje de Natalia, una chica que no está dispuesta a doblegarse a todo ese entorno repetitivo y opresivo. ¿Se esconde, tal vez, Carmiña, detrás de este personaje? Creo que debes leer la novela y opinar.
Curiosamente, la novela en su gran mayoría está escrita en primera persona, cambiando constantemente el narrador: se inicia con Natalia -la menor de tres hermanas, de familia acomodada, estudiante aún y con los conflictos propios de la edad y la época- y finaliza con la visión un tanto pesimista de Pablo Klein, un jóven profesor de Alemán que llega a impartir esa lengua al Instituto del pueblo, de carácter más bien reservado e incorformista, que influye en muchos de los personajes de la obra.
Hay que ubicarse en el tiempo para entender la España de esa época, una sociedad en permanente crisis, una juventud desilusionada y sin saber realmente cuál es su lugar en esa convulsionada sociedad, hace que se entienda mejor esta obra y se comprenda el carácter más bien triste y rutinario de la vida en ese pequeño pueblo provinciano.
En fin, una gran novela, con muy buenos personajes, sólidos y creíbles, un retrato muy acabado de una época que nos parece tan lejana (los noviazgos a través de cartas, por ejemplo), las complejas relaciones humanas muy bien llevadas; todo lo cual se conjuga deliciosamente.

El fulgor y la sangre de Ignacio Aldecoa, Los Bravos de Jesús Fernández Santos, Juegos de Manos de Juan Goytisolo.

Y, si queréis respirar el ambiente de la época, os aconsejo que veais cualquier película con guión de Rafael Azcona: Plácido, El pisito , El verdugo… Se trata de realismo cinematográfico tratado con un sentido del humor (negro probablemente, pero humor) que no os debéis perder.

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