Uno de los escritores hispanoamericanos con más renombre y prestigio internacional, El Aleph y Ficciones son dos de sus libros de relatos más publicados, recoge textos realmente inquietantes. Puedes leer algunos aquí.
Mario Benedetti
Otro de los grandes escritores hispanoamericanos, en este caso poeta novelista y autor de relatos. Era uruguayo. Puedes leer algo suyo aquí.
Julio Cortázar
De Cortázar hay que conocer, por supuesto, Rayuela. Os dejo algunos capítulos:
Capítulo 6
La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis. En realidad para ella casi todos los libros eran libro-menos, hubiese querido llenarse de una inmensa sed y durante un tiempo infinito (calculable entre tres y cinco años) leer la ópera omnia de Goethe, Homero, Dylan Thomas, Mauriac, Faulkner, Baudelaire, Roberto Arlt, San Agustín y otros autores cuyos nombres la sobresaltaban en las conversaciones del Club. A eso Oliveira respondía con un desdeñoso encogerse de hombros, y hablaba de las deformaciones rioplatenses, de una raza de lectores a fulltime, de bibliotecas pululantes de marisabidillas infieles al sol y al amor, de casas donde el olor a la tinta de imprenta acaba con la alegría del ajo. En esos tiempos leía poco, ocupadísimo en mirar los árboles, los piolines que encontraba por el suelo, las amarillas películas de la Cinemateca y las mujeres del barrio latino. Sus vagas tendencias intelectuales se resolvían en meditaciones sin provecho y cuando la Maga le pedía ayuda, una fecha o una explicación, las proporcionaba sin ganas, como algo inútil. Pero es que vos ya lo sabés, decía la Maga, resentida. Entonces él se tomaba el trabajo de señalarle la diferencia entre conocer y saber, y le proponía ejercicios de indagación individual que la Maga no cumplía y que la desesperaban.
De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían como locos, seguros de un poder que los enriquecía. A Oliveira lo fascinaban las sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales. Lo que para él había sido análisis de probabilidades, elección o simplemente confianza en la rabdomancia ambulatoria, se volvía para ella simple fatalidad. «¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás aquí…» Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra… (-7)
Capítulo 7
Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. (-8)
Capítulo 68,
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. (-9)
En clase ya hemos hablado y visto textos de Rayuela, ahora vamos a leer algo más ligero como “Historias de cronopios y de famas”, pero puedes acercarte también a otros textos.
Augusto Monterroso
Entre otras cosas, es célebre por haber escrito el relato más corto. Éste y otros puedes leerlos aquí:
Sefarad, Muñoz Molina
Cada mañana despiertas creyendo ser el mismo que la noche anterior, pero no eres una sola persona y no tienes una sola historia.
Ésa es la experiencia por la que tienen que atravesar los habitantes de esta novela de novelas, inquietante y conmovedora: por una enfermedad, por un accidente, por una hermosa historia de amor, por una guerra y, sobre todo, por pertenecer a una minoría perseguida, casi todos ellos se ven obligados a cruzar una peligrosa frontera que los ponga a salvo de la violencia y de la irracionalidad que han asolado el siglo XX.
Vigorosa denuncia contra toda la marginación, Sefarad es una sabia mezcla de personajes reales (Kafka, Primo Levi, Willi Münzenberg…) y personajes ficticios, de tragedias e ironías, de odios y afectos, al mismo tiempo que de géneros literarios: cada uno de los relatos entrelazados que componen esta novela enriquece y profundiza los anteriores.
Antonio Muñoz Molina nos propone una sensible aproximación al mundo de los excluidos, a su intensa capacidad de amar, con la sabiduría de una prosa apasionada que sabrá seducirnos al hablarnos de aquello en lo que no nos atrevemos a pensar.
Aquí puedes leer el comienzo de la novela:
http://www.alfaguara.com/uploads/ficheros/libro/primeras-paginas/200706/primeras-paginas-sefarad.pdf
Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías
Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías
“Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros. Muchas veces se ocultan los hechos o las circunstancias: a los vivos y al que se muere —si tiene tiempo de darse cuenta— les avergüenza a menudo la forma de la muerte posible y sus apariencias, también la causa. Una indigestión de marisco, un cigarrillo encendido al entrar en el sueño que prende las sábanas, o aún peor, la lana de una manta; un resbalón en la ducha —la nuca— y el pestillo echado del cuarto de baño, un rayo que parte un árbol en una gran avenida y ese árbol que al caer aplasta o siega la cabeza de un transeúnte, quizá un extranjero; morir en calcetines, o en la peluquería con un gran babero, en un prostíbulo o en el dentista; o comiendo pescado y atravesado por una espina, morir atragantado como los niños cuya madre no está para meterles un dedo y salvarlos; morir a medio afeitar, con una mejilla llena de espuma y la barba ya desigual hasta el fin de los tiempos si nadie repara en ello y por piedad estética termina el trabajo; por no mencionar los momentos más innobles de la existencia, los más recónditos, de los que nunca se habla fuera de la adolescencia porque fuera de ella no hay pretexto, aunque también hay quienes los airean por hacer una gracia que jamás tiene gracia. Pero esa es una muerte horrible, se dice de algunas muertes; pero esa es una muerte ridícula, se dice también, entre carcajadas. Las carcajadas vienen porque se habla de un enemigo por fin extinto o de alguien remoto, alguien que nos hizo afrenta o que habita en el pasado desde hace mucho, un emperador romano, un tatarabuelo, o bien alguien poderoso en cuya muerte grotesca se ve sólo la justicia aún vital, aún humana, que en el fondo desearíamos para todo el mundo, incluidos nosotros. Cómo me alegro de esa muerte, cómo la lamento, cómo la celebro. A veces basta para la hilaridad que el muerto sea alguien desconocido, de cuya desgracia inevitablemente risible leemos en los periódicos, pobrecillo, se dice entre risas, la muerte como representación o como espectáculo del que se da noticia, las historias todas que se cuentan o leen o escuchan percibidas como teatro, hay siempre un grado de irrealidad en aquello de lo que nos enteran, como si nada pasara nunca del todo, ni siquiera lo que nos pasa y no olvidamos. Ni siquiera lo que no olvidamos”.
Un viejo que leía novelas de amor
Es la última lectura que nos queda antes de Selectividad. Es corta y fácil de leer. Para aquellos que no tengan tiempo de ninguna manera, hay muchos resúmenes en internet. Aquí hay uno (no es que sea estupendo, pero es corto), os lo dejo por si os veis apurados:
http://es.scribd.com/doc/26947456/Un-Viejo-Que-Leia-Novelas-de-Amor
Y un comentario de un fragmento, para que os vayáis acercando al texto:
http://eltinterodeclase.blogspot.com/2011/03/el-viejo-que-leia-novela-de-amor.html
La novela de los años 40
Ya sabes que en este punto hay que hablar de dos novelas: La familia de Pacual Duarte (Camilo José Cela) y Nada (Carmen Laforet).
También nos hemos referido a “El bosque animado“ (Wenceslao Fernández Flórez). Si tienes tiempo deberías leer La fraga de Cecebre, uno de los capítulos del libro. Una preciosidad.
6.4 Narrativa contemporánea
Ya hemos hablado en clase de que el panorama actual está tan cercano que puede resultar inabordable, una maraña de nombres y títulos en la que es posible perderse. De todos modos, ya hemos visto en los apuntes algunos nombres que parecen haber hecho sufucientes méritos como para que contemos con ellos. Sin embargo, creo que si dejamos atrás ciertos géneros, no tenemos el panorama tan completo como deberíamos. Faltan, por ejemplo, los libros de relatos. El otro día tuvimos una muestra gracias a la Fundación Fernando Quiñones.
Y faltan, los microrrelatos. Actualmente hay muchos escritores, incluso muchos aficionados que se dedican a ellos. Pululan los concursos de microrrelatos, patrocinados por periódicos, asociaciones, programas de radio… Si os interesa mínimamente el tema, podéis empezar por aquí:
http://lenguayliteratura.org/xpr/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=6
En este enlace podéis leer el que está considerado el relato más corto del mundo, es de Monterroso. Si pincháis en Gabriel García Márquez podéis leer también uno muy inquietante: