6.4 Narrativa contemporánea

Ya hemos hablado en clase de que el panorama actual está tan cercano que puede resultar inabordable, una maraña de nombres y títulos en la que es posible perderse. De todos modos, ya hemos visto en los apuntes algunos nombres que parecen haber hecho sufucientes méritos como para que contemos con ellos. Sin embargo, creo que si dejamos atrás ciertos géneros, no tenemos el panorama tan completo como deberíamos. Faltan, por ejemplo, los libros de relatos. El otro día tuvimos una muestra gracias a la Fundación Fernando Quiñones.

Y faltan, los microrrelatos. Actualmente hay muchos escritores, incluso muchos aficionados que se dedican a ellos. Pululan los concursos de microrrelatos, patrocinados por periódicos, asociaciones, programas de radio… Si os interesa mínimamente el tema, podéis empezar por aquí:

http://lenguayliteratura.org/xpr/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=6

En este enlace podéis leer el que está considerado el relato más corto del mundo, es de Monterroso. Si pincháis en Gabriel García Márquez podéis leer también uno muy inquietante:

http://elmundolibro.elmundo.es/elmundolibro/microrrelatos/#

Publicado en  on Abril 21, 2008 at 7:30 pm Dejar un comentario

6.3.2. Señas de identidad

Lo que os dejo a continuación está sacado de un estudio de Lucía Stecher. (Hay que “dar al César lo que es del César”, yo sólo he introducido pequeñas indicaciones)

Con la publicación de Señas de identidad en 1966, Juan Goytisolo contribuye al movimiento de ruptura con la estética del realismo social predominante en la España de los años 50. El mismo Goytisolo fue uno de los principales autores de la llamada “Generación de medio siglo”, que agrupaba a los autores de la corriente del realismo social nacidos entre 1921 y 1935 y que publicaron sus primeras obras a partir de inicios de los 50.

Con esta novela, publicada cinco años después de de Tiempo de silencio, Juan Goytisolo continúa y profundiza el camino abierto por Martín-Santos.

Tiempo de silencio, primero, y Señas de identidad, después, permiten el retorno de una noción más amplia de la literatura, menos sujeta a los condicionamientos de un compromiso político externo a la creación literaria. Con estas novelas retorna la subjetividad del narrador y se deja de concebir el lenguaje como un simple instrumento para reflejar la realidad. La experimentación lingüística, estructural y formal pasa a tener tanta importancia como la historia que se quiere narrar. (Utilización de varios puntos de vista, uso especial de signos de puntuación y mayúsculas, inclusión de documentos, frases en otros idiomas…)

Goytisolo, especialmente después de que su exilio en París en 1958 le permitiera entrar en contacto con la obra de los formalistas rusos, de la crítica estructuralista y lingüística y del Círculo lingüístico de Praga, se siente muy interesado por las nuevas técnicas narradoras. El estudio de estas obras despierta un creciente interés en Goytisolo por el signo lingüístico, el proceso mismo de escritura, las relaciones entre fábula y estructura, las tensiones entre discurso e historia.

TEMA Y ARGUMENTO DE SEÑAS DE IDENTIDAD

Señas de identidad presenta la revisión que hace de su vida Álvaro Mendiola, fotógrafo español exiliado en París, que regresa a la casa de su familia en Barcelona para recuperarse de un ataque al corazón. El despertar después del síncope sintiéndose “horro de pasado como de futuro” y “sin señas de identidad” (p. 380) lo llevan a iniciar la búsqueda de su historia en base a fotos familiares, documentos, conversaciones con amigos y recortes periodísticos. La reconstrucción del pasado personal del protagonista está íntimamente ligada, y se realiza paralelamente, a una indagación en la historia contemporánea de España, constituyéndose así la búsqueda de la identidad de Álvaro y de España en los tomas centrales de la novela (observa en este fragmento el uso del tú “autorreflexivo”):
Merced a los documentos y pruebas atesorados en las carpetas podías desempolvar de tu memoria sucesos e incidentes que tiempo atrás hubieras dado por perdidos y que rescatados del olvido por medio de aquellos permitían iluminar no sólo tu biografía sino también facetas oscuras y reveladoras de la vida en España (juntamente personales y colectivos, públicos y privados, conjugando de modo armonioso la búsqueda interior y el testimonio objetivo, la comprensión íntima de ti mismo y el desenvolvimiento de la conciencia civil en los reinos de Taifas” (p. 166).

La exploración en los distintos aspectos de la historia personal de Álvaro revela cómo a lo largo de su vida este personaje va rompiendo y cuestionando los valores que le inculcan su familia y su medio social y aquéllos por los que posteriormente opta, pero que también terminan por decepcionarlo. En el primer capítulo, la revisión de su infancia, el recuerdo del inicial fervor religioso inculcado por la Srta. Lourdes, de su seguimiento de las ideas fascistas de su tío Eulogio, así como la reconstrucción de la historia familiar previa a su nacimiento, lo llevan a concluir que su vida “no podía ser otra cosa (…) que un lento y difícil camino de ruptura y desposesión” (p. 58). La primera etapa de este camino está marcada por el cuestionamiento de la religión –usada por su familia y educadores como medio de control y represión sexual– y de la posición privilegiada de su clase social, alcanzada en base a la explotación de otros y a la práctica de una política acomodaticia e hipócrita. La sensación de soledad y la falta de asideros morales que dejan en Álvaro el rechazo de los valores familiares lo llevan a indagar en el pasado familiar para encontrar un predecesor y modelo en su camino de rebeldía. Se encuentra así con la historia del tío-abuelo Néstor, perteneciente a la rama materna de su familia, más cultivada e interesante que la paterna. El desvío de este tío-abuelo –que desafiara las normas morales y políticas de la familia– constituyen en un primer momento un estímulo a la rebeldía de Álvaro. Significativamente, este tío se suicida en la misma ciudad –Ginebra– en que Dolores, la esposa de Álvaro, aborta el hijo de ambos. En este momento central de su vida, el protagonista se da cuenta de que va por el camino inútil de su tío, “cuya rebeldía contra la sociedad española de su tiempo murió con él como morirá sin duda la tuya si no le das forma concreta y precisa si no logras encauzarla antes” (p. 358). Antes de este episodio, la imagen del tío había dejado de tener la importancia que tuviera en la adolescencia del protagonista, el cual poco a poco irá buscando figuras con las que identificarse fuera de su familia.

Un hito central en el proceso de distanciamiento de Álvaro con respecto a los valores de su medio lo constituye la amistad que traba en su niñez con Jerónimo, el peón andaluz que “despertara su sensibilidad moral” y a quien recuerda como el que “había muerto por todos y cada uno de vosotros, como sabías –con qué dolor, dios mío, y qué vergüenza– que había muerto, igualmente, por ti” (p. 52). La referencia a Jerónimo como si se tratara de un Cristo redentor evidencia la importancia que éste tiene en el proceso de ruptura.

Ahora creo que sólo os queda leer esta difícil, pero interesante novela. ¡Ánimo!

Publicado en  on Abril 5, 2008 at 10:42 am Dejar un comentario
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6.2. Década del 50: la novela social

A lo largo de esta segunda década de posguerra, el realismo social tiene una gran difusión y aceptación entre escritores y críticos y cuenta también con un considerable número de lectores. Los novelistas sociales asumen con su escritura un compromiso político que encuentra su expresión en una estética realista, según la cual, para denunciar la injusticia, basta con mostrar la realidad “tal cual es” (buscando en gran medida suplir la falta de información sobre la situación de la España franquista provocada por la fuerte censura a los medios de comunicación). Para cumplir con su propósito de presentar objetivamente la realidad, los autores de esta corriente utilizaron una serie de técnicas destinadas a presentar el relato como si fuera un fiel reflejo del mundo externo: encubrimiento hasta su desaparición casi total de la voz del narrador, utilización de un lenguaje “transparente” y de cronologías lineales. Por otro lado, se privilegió la creación de personajes colectivos, representativos de determinadas clases sociales, por sobre el héroe individual de la novela “burguesa” decimonónica.

Debido principalmente a la rigidez de muchos de sus postulados estéticos e ideológicos, se produjeron dentro del realismo social muchas novelas con carácter de testimonio, en las que se presentaba una visión simplificadora y esquemática de la realidad. Al cabo de una década esto condujo al agotamiento de las posibilidades expresivas de la novela del realismo social, la cual a inicios de los 60 atravesaba por una situación de crisis.

Además de las novelas que hemos visto en clase, son también muy significativas de este período:

Entre visillos” (Premio Nadal 1957. Fijaos: otra vez el Nadal señalando una novela), de Carmen Martín Gaite: quizás es la obra cumbre de la autora. Narra la vida en una ciudad de provincias, llena de rutina, conservadurismo e hipocresía. A través de la charla aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones cotidianas, sus angustias, la insalvable tristeza que asoma tras el aburrimiento y la falta de imaginación. La vida en la ciudad discurre parsimoniosa, lenta, sin grandes sobresaltos. Es imposible no hacer comparaciones con el vértigo de la vida actual, con la increíble velocidad de lo moderno, de las relaciones fugaces y desechables de nuestro siglo XXI.
La figura desolada de la mujer, al arbitrio de los designios del hombre (padre o esposo) es impresionante; casi se educaba a las mujeres de bien sólo para casarse, sin otro estímulo más que ser buena esposa y madre. En este contexto se desarrollan varias experiencias entre los personajes principales de esta estupenda novela, la que fluye a través de las conversaciones de distintos grupos de personas, jóvenes en su mayoría. Y en esa pobreza del entorno, entre la conformidad y la resignación, surge el personaje de Natalia, una chica que no está dispuesta a doblegarse a todo ese entorno repetitivo y opresivo. ¿Se esconde, tal vez, Carmiña, detrás de este personaje? Creo que debes leer la novela y opinar.
Curiosamente, la novela en su gran mayoría está escrita en primera persona, cambiando constantemente el narrador: se inicia con Natalia -la menor de tres hermanas, de familia acomodada, estudiante aún y con los conflictos propios de la edad y la época- y finaliza con la visión un tanto pesimista de Pablo Klein, un jóven profesor de Alemán que llega a impartir esa lengua al Instituto del pueblo, de carácter más bien reservado e incorformista, que influye en muchos de los personajes de la obra.
Hay que ubicarse en el tiempo para entender la España de esa época, una sociedad en permanente crisis, una juventud desilusionada y sin saber realmente cuál es su lugar en esa convulsionada sociedad, hace que se entienda mejor esta obra y se comprenda el carácter más bien triste y rutinario de la vida en ese pequeño pueblo provinciano.
En fin, una gran novela, con muy buenos personajes, sólidos y creíbles, un retrato muy acabado de una época que nos parece tan lejana (los noviazgos a través de cartas, por ejemplo), las complejas relaciones humanas muy bien llevadas; todo lo cual se conjuga deliciosamente.

El fulgor y la sangre de Ignacio Aldecoa, Los Bravos de Jesús Fernández Santos, Juegos de Manos de Juan Goytisolo.

Y, si queréis respirar el ambiente de la época, os aconsejo que veais cualquier película con guión de Rafael Azcona: Plácido, El pisito , El verdugo… Se trata de realismo cinematográfico tratado con un sentido del humor (negro probablemente, pero humor) que no os debéis perder.

6.3.1. Tiempo de silencio

Es una de esas novelas que parecen sustraerse a cronologías y géneros para convertirse, por derecho propio, en obras maestras. Es en este tipo de libros donde uno puede reconocerse como persona, donde puede hallar todo lo divino y miserable de los seres humanos expresado con palabras, donde la crudeza de la vida se plasma con una frialdad inmisericorde.
Luis Martín-Santos parece beber del mejor Baroja (el de “La busca “) a la hora de describir esos personajes abocados a un destino terrible, inmersos en unos acontecimientos que les demuestran su triste condición de granos de arena en un universo desatento a sus creencias o deseos. Como el vasco, Martín-Santos recrea un escenario sórdido de puro real, mostrando un Madrid sumido en la pobreza (quizá más espiritual que real), en la degradación; una ciudad, trasunto de un país, desleída por una sucesión de desastres de los que la Guerra Civil sólo ha sido la culminación lógica. Pues para el autor el gran problema de la cultura española son sus propios integrantes, ese pueblo adocenado, inculto y vividor que se ha cortado las alas a sí mismo y que ha perdido toda oportunidad de madurar y progresar.
La peripecia del protagonista es una consecuencia lógica de esa visión social que nos ofrece el autor. Investigador en un laboratorio, hombre de poca fuerza vital y retraído, Pedro se ve impelido por su buen carácter a ayudar al Muecas, un familiar de su ayudante, pero se encuentra de repente tratando de salvar la vida de Flora, una de sus hijas, a la que se le ha intentado practicar un aborto por medios bastante desagradables y que perece ante las manos inexpertas del investigador. Esto acarreará la detención de Pedro y su ingreso en prisión por unas horas, pero también le supondrá la persecución por parte de Cartucho, el querido de la chica, que le cree causante de la muerte. Por supuesto, esta circunstancia terminará de manera trágica, tanto en un sentido físico como moral.
Lo interesante de “Tiempo de silencio” no es su trama, que entronca con otras novelas de corte realista —especialmente, como ya hemos dicho, con Baroja y su trilogía “La lucha por la vida”—, sino la forma de narrar. Martín-Santos se alejó de un estilo propio de la época, sencillo y árido, para armar un libro de resonancias clásicas, con un lenguaje cultivado y complejo, de prolijas descripciones, excursos culteranistas y diálogos empapados de clasicismo. Huelga decir que es una novela difícil en tanto al lenguaje se refiere, si bien la historia que se cuenta es tan sencilla (en su desarrollo narrativo, no en otros planos) como directa.
Sin embargo, quizá en la elección por parte del escritor de ese estilo elevado, fuera de lo común para un libro de estas características (al contrario, por ejemplo, de Baroja, que utilizaba un lenguaje mucho más sencillo y campechano), estribe en buena parte el impacto de la obra. Porque Martín-Santos trabaja en dos niveles diferentes: por una parte, usa esa lengua culta y enrevesada como juego, como divertimento, incluso como pequeña distracción para el lector, que ha de mantener una atención constante para no extraviarse en mitad de un pasaje; por otra, ese juego le sirve para ocultar y disfrazar la feroz crítica que se desarrolla en prácticamente cada página de “Tiempo de silencio”. Una crítica de la dictadura que se vivía en el momento de su publicación (1962), pero que iba mucho más allá: una crítica de la naturaleza humana, de la cultura de sus compatriotas, tan mostrenca, tan ramplona; una crítica de una sociedad que se hundía en el fango a través de sus trapicheos políticos, de su falta de ambiciones. Como dije más arriba, a través de una mirada a lo particular (Madrid, Pedro y otros personajes, como Matías) Martín-Santos desvela los defectos de lo general.
Esta novela, por estas y otras cuantas virtudes, se convierte así en una lectura necesaria y actual, que nos revela fríamente como seres humanos y que no se coarta a la hora de mostrar vicios y actitudes. Quizá un ejemplo perfecto de que se puede hacer novela ’social’ en cualquier época y con cualquier estilo, algo que se echa en falta en estos tiempos que corren.

De esta novela hay una versión cinematográfica con el mismo título, el problema es que al, ser otro lenguaje, sólo consigue poner en pie el argumento de la obra, pero nada más. Nos quedamos sin los monólgos interiores, la variedad de registros… todo lo que la hace una novela especial.

de

6.2.1 El Jarama

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio

Esta novela, premio Nadal 1955 y premio de la Crítica 1956, narra las vivencias de un grupo de jóvenes durante una jornada de domingo, durante 16 horas, a orillas del río que da título al libro. El autor recogió con minuciosa exactitud las acciones de esa colectividad, los diálogos vulgares con sus peculiares modismos y giros populares, y recreó ante los ojos del lector el mundo juvenil casi con relieve cinematográfico. Por su exploración del lenguaje coloquial se ha llegado a hablar de “novela-magnetofón”.

A esta novela se le han dedicado numerosos estudios científicos y lingüísticos, por considerarla un hito en la historia de la literatura de la postguerra, aunque el autor reniega de ella.

De su autor, Rafael Sánchez Ferlosio, estuvimos hablando en clase.Por ejemplo, os recuerdo que estuvo casado con Carmen Martín Gaite, y ¿recordáis que os conté que su padre había salido ileso de un fusilamiento casi al final de la guerra civil y que esto se recordaba en la novela y película “Soldados de Salamina”? Bueno, pues aquí os dejo dos vídeos, uno es histórico, sale el propio Sánchez Mazas (el padre del escritor) contando lo que le pasó:

Éste otro tiene imágenes de la película con la música de fondo del pasodoble “Suspiros de España”, en versión de Diego Cigala (precioso):

6.3.3. Cinco horas con Mario

Esta novela se publica en 1966 dentro del proceso de renovación formal de la novela. Por un lado contrasta con la obra anterior de Delibes, tradicional en cuanto a la forma narrativa y por otro, refuerza la postura crítica y de denuncia, característica del novelista.

El contenido es muy sencillo: se trata de un largo soliloquio, en la que una mujer, Carmen, representante de la pequeña burguesía del franquismo, le reprocha a su marido, muerto repentinamente y al que está velando en una habitación de su casa, su fracaso matrimonial, su frustración personal. Visto en clave simbólica, el modo en que Carmen le recrimina a su esposo muerto —Mario, un profesor liberal e idealista— sus aparentes inadaptaciones al sistema social que ella juzga idóneo, viene a resumir, bajo la impresión de una riña matrimonial, los preceptos que por tanto tiempo han separado a los españoles. «Mario y Carmen —escribe Edgar Pauk— representan las dos Españas, las eternas diferencias entre dos formas de enfocar la realidad» (Miguel Delibes. Desarrollo de un escritor. Madrid, Editorial Gredos, 1975, p. 99). Pese a la pátina de ironía que cubre todo el texto, la denuncia es clara, y así, por boca de Carmen, el autor desahoga su indignación contra el clasismo, la envidia y otras formas de necedad que acaso componen lo peor de la vieja herencia ibérica. Con singular sonoridad, el siguiente reproche de Carmen queda dominado por los citados pensamientos, y de algún modo los viene a compendiar: «Mario, cariño, lo que pasa es que ahora os ha dado la monomanía de la cultura y andáis revolviendo cielo y tierra para que los pobres estudien, otra equivocación, que a los pobres los sacas de su centro y no sirven ni para finos ni para bastos, les echáis a perder, convéncete, enseguida quieren ser señores y eso no puede ser» (Cinco horas con Mario, Barcelona, Destino, 1981, p. 66).

La novela consta de un prólogo, veintisiete capítulos numerados, que comienzan con una cita de la Biblia, que la protagonista malinterpreta y un epílogo. El espacio se ha reducido: una habitación de una casa en una ciudad provinciana de la España de posguerra y el tiempo también: veintisiete años de vida matrimonial en cinco horas.

Hay que insistir en que el soliloquio de Carmen resume cierta inclinación de la vieja clase media española. La viuda, con justificados deseos de ascenso en la jerarquía social, acusa al difunto de emplearse en fines menos prácticos. Introduciendo una clave religiosa, Luis López Martínez añade otro matiz complementario. A su modo de ver, mediante las acusaciones de Carmen a Mario, «lo que Delibes quiere darnos es el documento social de una época contraponiendo el antiguo catolicismo español, tradicional y conservador, reflejado en la figura de Carmen, y las nuevas tendencias de la Iglesia defendidas y llevadas a la práctica por Mario. El hecho de que Delibes haya dedicado esta novela a José Jiménez Lozano, comentarista religioso de la revista Destino, muestra ya de antemano el fondo combativo y polémico de la misma» (La novelística de Miguel Delibes, Murcia, Publicaciones del Departamento de Literatura Española, Universidad de Murcia, 1973, p. 166-167).

Mucho se ha escrito asimismo acerca de la estructura de la obra, interpretable como un puro soliloquio o como un diálogo sin interlocutor que pueda responder. Manuel Alvar insiste en que vienen a ser la misma cosa monólogo interior y diálogo interior, pues al fin y al cabo es el hablante «quien se desdobla dramáticamente y habla consigo mismo, convertido el yo en una necesaria interpretación dual de sí mismo» (El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Editorial Gredos, 1987, p. 96). De otro lado, Carmen Martín Gaite juzga que, si las asociaciones de ideas que brotan en la mente de la protagonista no estuviesen motivadas por la contemplación de «un rostro cuya cercanía y presencia hacen olvidar que ya no puede emitir respuesta alguna, el estallido de desahogo no se produciría con semejante virulencia. Y la razón me ha saltado a los ojos con una prioridad que en otras lecturas estaba aletargada. Carmen Sotillo tiene sed atrasada de interlocución con su marido, y los reproches que le dirige, que aún le puede dirigir porque le ve la cara, están, se refieran a lo que se refieran, imbuidos de esta carencia fundamental» («Sexo y dinero en Cinco horas con Mario, en Miguel Delibes. Premio Letras Españolas 1991, op. cit., p. 132).

Llama la atención en esta novela el lenguaje: léxico vulgar, imprecisión, reiteración, tópicos, comodines, frases hechas, elipsis, anacolutos, concordancias equivocadas etc. la técnica narrativa: el monólogo interior, un aspecto esencial en la renovación de las técnicas narrativas de los años 60, esa constante segunda persona del discurso, que increpa que se obsesiona, que hace las más caprichosas asociaciones.

Valor fundamental de esta obra es que a través de una pequeña historia de infidelidad, de sentimiento de culpa, Delibes nos hace un maravilloso retrato de los valores morales de la sociedad franquista a través de las ideas de Carmen, sobre el sexo, el dinero, el matrimonio, la religión, la diferencia de clases etc.

Puesta en escena por Josefina Molina, la versión teatral se estrenó el 26 de noviembre de 1979 y se mantuvo en cartel hasta el 1 de enero de 1990, convirtiéndose en uno de los montajes más longevos de la historia del teatro español. Teniendo esto en cuenta, no sorprende que vuelva a reestrenarse periódicamente, con la misma actriz, Lola Herrera, en el papel protagonista y la misma dirección escénica.

6.3.0. La década del 60 en la novela: la renovación

A principios del siglo XX, escritores como James Joyce o Marcel Proust, entre otros, hicieron una profunda renovación formal de la novela europea. Esta renovación afecta al punto de vista desde el que se cuenta la novela, pues en contraste con el narrador tradicional, el narrador contemporáneo está limitado y deja que los personajes presenten ellos mismo la acción, tal como la perciben desde su personal punto de vista. También en lo relativo a los personajes: frente al héroe tradicional, esta novela prefiere el grupo humano, o el personaje anónimo, e incluso la ausencia de protagonista. En cuanto al argumento, no interesa contar una historia, ni narrar sucesos o hacer descripciones, no hay argumento a la manera clásica con principio, nudo y desenlace. El tiempo y el espacio, también sufren modificaciones, la trama no sigue un orden cronológico, se funde el presente y el pasado en un tiempo único, o bien hay un tiempo circular, en el que es indiferente el orden de lectura. El espacio se limita y puede llegar a reducirse a un espacio interior como la mente del protagonista.

Por razones básicamente históricas (guerra civil, franquismo) esta renovación no llega a España (salvo unas cuantas excepciones) hasta bien entrada la década de los 60.

Con Tiempo de silencio de Luis Martín Santos (1962) se cierra, de alguna manera, el ciclo de la novela social y se inicia esa renovación de la que hemos hablado antes. En este afán renovador participan novelistas de la primera generación de posguerra como Camilo José Cela: San Camilo (1936), Mazorca para dos muertos, Miguel Delibes: Cinco horas con Mario (1966), Torrente Ballester: La isla de los jacintos cortados, como otros más jóvenes, Juan Benet: Volverás a Región, Juan Goytisolo: Reivindicación del conde don Julián.

Estos novelistas reconocen el agotamiento de la novela social y buscan nuevas formas narrativas con nuevos enfoques y una mayor atención a la lengua literaria.

Pero ¿cuál es el ambiente cultural de España en estos años? La cultura oficial manejaba unos nombres, siempre los mismos, que se repetían en las aulas, en los NODOS, en los periódicos… Alguno de vosotros me ha hablado del caso de Menéndez Pidal.Échale un vistazo a este vídeo para que te hagas una idea del entorno:

También creo que os puede interesar seguir el hilo de algunos creadores de los que hablamos en temas anteriores ¿recordáis a Buñuel, el director de cine tan cercano al grupo poético del 27? Creo que sería interesante revisar este vídeo: